Viernes 24 de Noviembre del 2017

Publicado por Redacción el Dom 12 Feb del 2017

Por Hipólito Rodríguez

Nuevamente el gobierno de Estados Unidos se plantea, con el pretexto de combatir el tráfico y producción de drogas, intervenir en el territorio nacional. Nuevamente, se busca vulnerar nuestra soberanía, acudiendo ahora a un argumento que no se sostiene ante el tribunal de la razón.

Por ello, se hace preciso mostrar que el asunto del narcotráfico representa sólo eso, un pretexto, una coartada, para cumplir en realidad otros objetivos. Hace ya veinte años (el 28 de abril de 1997), Eva Bertram y Kenneth Sharpe escribieron un artículo que apuntaba precisamente la falta de fundamentos de las políticas que pretendían combatir al narcotráfico con procedimiento militares. En un artículo publicado en la revista norteamericana The Nation, estos investigadores señalaban la ironía de un sistema que permite a los Estados Unidos consumir drogas y envilece a aquellos que abastecen sus hábitos. De hecho, en su texto, se trataba de denunciar un nuevo episodio de la vieja tendencia imperialista de Washington hacia nuestro país.

Aun cuando México perfeccionara sus esfuerzos en la guerra de las drogas, esto no significaría virtualmente nada en el propósito de reducir el uso de drogas en los Estados Unidos. La política de resolver de manera militar el tráfico de estupefacientes sólo puede tener efectos nefastos en el terreno de la democracia y de los derechos humanos. La razón es simple: la guerra en torno al suministro externo de drogas es defectuosa y, no importa cuan fervientemente sea peleada, está condenada a fracasar y a traer consigo un gran daño a su paso.

De acuerdo con Bertram y Sharpe, los defectos mortales de la estrategia de las drogas tienen su origen en la naturaleza del "enemigo" en esta guerra. Los Estados Unidos y sus aliados no están combatiendo a un grupo particular de traficantes, productores o negociantes, sino a un mercado de productos que tienen alta demanda, que son extremadamente lucrativos y generalmente baratos y fáciles de producir y transportar.

Esto hace que el esfuerzo por reducir el suministro de drogas a los Estados Unidos -erradicando sembradíos, destruyendo laboratorios, bloqueando las rutas de tráfico y capturando cargamentos de drogas- sea interminable y finalmente inútil. Eliminar sembradíos o rutas de trafico es como matar a la hidra: múltiples cabezas crecen para reemplazar cada una de las que han sido cortadas. Campañas para suprimir la producción y el comercio de la droga simplemente hacen que los productores y traficantes inicien operaciones en otro lugar para atender la demanda -cambiando o incluso dispersando la producción y el trafico de drogas en nuevas regiones y rutas.

El efecto hidra no es nuevo. Las campañas de control contra la heroína en Turquía en los años setenta estimularon la producción de heroína en el sudeste de Asia, Afganistán y México. En Perú, el éxito en la quiebra del "puente aéreo" a Colombia, suscitó el traslado de las rutas hacia los ríos. Más cerca de casa, los funcionarios americanos estaban orgullosos de la significativa caída en el contrabando de cocaína después de enormes esfuerzos en su contra en el sur de Florida en los años ochenta. Pero mucho antes, los traficantes cambiaron de método: envíos por aire sobre el Caribe recogidos por lanchas. Cuando se combatió esta alternativa, los traficantes se conectaron con las rutas que cruzaban el norte de México, y ahora están probando nuevas rutas en el Pacifico.

Así, es claro que reforzar el muro o duplicar la inversión en equipar al ejército, ampliando la Iniciativa Mérida, no contribuyen en realidad a reducir el tráfico de drogas. Esta es sólo la fachada de un objetivo más importante: penetrar el territorio nacional y, bajo la apariencia de reducir al crimen organizado, generar un estado de excepción que reduzca las manifestaciones del creciente descontento con el derrumbe de las expectativas económicas.

En todo caso, aumentar las dificultades para el narcotráfico no se traduce en una reducción efectiva del consumo, pero sí en un aumento de las ganancias de los delincuentes. Estas ganancias en el mercado negro dan un incentivo estable a los narcotraficantes para seguir en el mercado, y para que ingresen nuevos traficantes al negocio. De esta suerte, el garrote (la aplicación de la ley), que está destinado a desanimar a los traficantes del mercado negro, irónicamente crea la zanahoria (enormes beneficios) que los estimula.

Las consecuencias de esta inútil e interminable cruzada para países como México son desastrosas. Millones de dólares pagados por los contribuyentes son tirados a un hoyo negro en lugar de ser invertidos para atender necesidades sociales. Las vidas de los agentes ocupados en la aplicación de las leyes antidrogas son innecesariamente sacrificadas. Delicados acuerdos alrededor de temas como comercio, inversión e inmigración, son pervertidos. Y avances en el terreno de la democracia y la protección de los derechos humanos, son erosionados.

Desde que Calderón se sumó con entusiasmo a esta guerra esteril, la proliferación del crimen y la multiplicación de las víctimas sólo demuestran que no es con armas como se vence al consumo y tráfico de drogas. La salida está en otro lado. Sin embargo, la insistencia de Trump por caminar por ese sendero, solo añade un argumento más a repudiar al personaje.

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